Salir con una mujer viuda

La personalidad de los Discípulos de Jesucristo.

2020.05.20 08:01 Neobiblismo La personalidad de los Discípulos de Jesucristo.

2) El ser y la personalidad.
La personalidad es el conjunto de las características y cualidades propias de cada persona que la distingue de las demás. La misma influye directamente en las funciones vitales de la salud corporal y mental, debido al estilo o modo de vida saludable, según la particularidad de cada persona, e influye también en la salvación personal de las promesas espirituales de vida eterna. El alma humana es esencialmente persona y vida, es decir, el ser humano como alma viviente es la combinación de una persona con vida. Desde la concepción, fecundación o procreación se constituye un integrante de la especie humana, tanto desde el punto de vista biológico y por la condición como alma viviente. Inclusive en el proceso de gestación a nivel de la combinación natural del ADN de los progenitores, la formación genética y fisiológica contiene un tipo de forma corporal en desarrollo, iniciado con la concepción. Existen muchos tipos de cuerpos, uno es el cuerpo del cigoto, otro el cuerpo del embrión y otro el cuerpo del feto, pero corresponden a un solo proceso corporal. Así como en la simiente vegetal, uno es el cuerpo de la semilla y otro es el cuerpo de la planta y otro es el cuerpo del árbol, de principio a fin corresponde a un solo proceso: “Y lo que siembras, no siembras el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, acaso de trigo, ó de otro grano: Mas Dios le da el cuerpo como quiso, y a cada simiente su propio cuerpo” (1 Corintios 15.37 al 38 – RVR1909). Hay diferentes tipos de cuerpos y tipos de energía presentes en los cuerpos, con la función de realizar el cambio y la transformación.
El inicio de la concepción genera el crecimiento y desarrollo de una memoria energética microscópica, así como a nivel celular y neuronal hay almacenamiento y transmisión de información. Esta memoria energética es indispensable para la formación del ser humano, en su paso de cigoto, embrión y feto, su función posibilita la determinación de las características y cualidades fisiológicas, pero también la facultad de trascender la personalidad manifestada en el transcurso de la vida sucesiva, fuera del vientre de la madre. Ejemplo presentado en Juan el Bautista y en Jesús: “Y aconteció, que como oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fué llena del Espíritu Santo, Y exclamó a gran voz, y dijo. Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde esto á mí, que la madre de mi Señor venga á mí? Porque he aquí, como llegó la voz de tu salutación á mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre” (Lucas1.41 al 44 – RVR1909). Se presenta una manifestación de emociones y sentimientos en Juan el Bautista desde el vientre, cuando su madre Elisabet tiene apenas seis meses de embarazo: “Y he aquí, Elisabet tu parienta, también ella ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes á ella que es llamada la estéril:” (Lucas 1.36 – RVR1909).
La energía es fuerza y poder para producir un efecto, a nivel de memoria energética en la formación del cigoto, embrión y feto, hay un proceso de crecimiento, desarrollo, nutrición y reproducción, con la contribución de los genes. Ahora bien, en el caso de la energía como alma viviente, es la fuerza de inteligencia, sensibilidad y voluntad que involucra las emociones y sentimientos inherentes al ser humano. Todo esto es innato, o sea, desarrollado y formado antes del nacimiento de la persona y su composición inicial, biológica, genética y fisiológica, tiene componentes previos utilizados en la formación de las neuronas. Se mezcla la forma de energía de la materia del ser vivo, con el componente inmaterial de lo que no es físico sino espiritual, por ejemplo, la intención y motivo que se trae al nacer y manifestado con las reacciones posteriores en la niñez.
Un claro ejemplo es la presencia del amor o su ausencia en el desamor, visible en el egoísmo, la envidia, el odio, el resentimiento y la venganza. La memoria energética no transmite por heredad genética la simiente del bien o del mal, sino una especie de código común para cada ser humano en formación, originado y transmitido genéticamente de forma connatural (congénito), desde el principio con Adán y Eva (causa desencadenante), y con el contenido de la duda e indecisión al obedecer a Dios. Por esta razón desde la niñez se requiere instrucción de la palabra de Dios: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos: y que alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4.12 – RVR1909). El ser humano es un ser de vida integral en lo corporal y en lo mental, el corazón representa la manifestación de sus emociones y sentimientos generados por sus pensamientos e intenciones.
Existen distintas formas de energía transformables, o sea, energías con la posibilidad de cambiar a otro tipo de energía. El espíritu es la energía o fuerza vital, asociado a la fuerza de voluntad, conocido como el principio generador de la intención y motivación personal. Este tipo de energía nos anima e infunde esfuerzo y vigor, para contribuir con el proceso mental de activar y concienciar a la persona en sus actividades cotidianas. Así como es el espíritu energético de la persona así es su intención y motivación. El componente material de apoyo utilizado por el espíritu de vida es el aire u oxígeno, junto con la función de respiración del ser humano, además de la oxigenación que bombea el corazón a todo el cuerpo con la sangre rica en oxígeno. El espíritu como energía puede llegar a la impureza o a la santificación, además de consagración para honrar a Dios el creador. Por ejemplo, Jesucristo preexistía antes de ser enviado por Dios Padre en su primera venida, con anticipación era anunciado proféticamente acerca de su misión encomendada, su intención personal (Espíritu de Cristo) sirve de inspiración para otros que siguen su ejemplo de vida: “Obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salud de vuestras almas. De la cual salud los profetas que profetizaron de la gracia que había de venir á vosotros, han inquirido y diligentemente buscado. Escudriñando cuándo y en qué punto de tiempo significaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual prenunciaba las aflicciones que habían de venir á Cristo, y las glorias después de ellas” (1 Pedro 1.9 al 11 – RVR1909).
Dios Padre delega en Jesucristo toda la potestad, para libertar al ser humano de la naturaleza de la duda e indecisión congénita al obedecer a Dios, contenida dentro de la esencia caracterizada de forma o manera particular, según el aspecto de la personalidad de cada individuo, y que depende de los factores afectivos, característicos, emocionales y sentimentales con lo cual se le puede conocer, determinar o identificar, en su ser y en el reaccionar. Hay diferencia entre el concepto o noción de espíritu y espiritualidad. El ser humano por naturaleza tiene la energía e intención del espíritu, con las funciones mentales del intelecto y de la racionalidad, pero con estas funciones solamente se adquiere conocimiento que atañe a la vida natural, en el sentido de las cuestiones de ocupación y subsistencia, como de agricultura, alimentación, arte, ciencia, comercio, comunidad local, cultura, deportes, educación, economía, emprendimiento, esparcimiento, estudio laboral, profesional y técnico, familia, financiamiento, industria, negocio, política, salubridad, sociedad en general, tecnología y trabajo. Estos elementos están contenidos básicamente en cada gobierno, población y territorio de las naciones a nivel mundial. ´
En el caso de la espiritualidad corresponde a la persona desapegada a lo material y terrenal, mediante la consagración y santificación, entendida en las cuestiones de Dios, practicante de los principios y valores del evangelio y reino de Dios, además de ser una persona portadora del conocimiento espiritual, culta y educada en la lectura de la palabra de Dios, que reconoce la excelencia y superioridad de la Sagrada Escritura, sensible en ayudar a los demás y experta en el ejercicio de la religión pura y sin mancha, en hacer el bien y la justicia, apartado de la maldad y del pecado: “La religión pura y sin mácula delante de Dios y Padre es esta: Visitar los huérfanos y las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha de este mundo” (Santiago 1.27 – RVR1909). Especialmente en nuestro contexto, la espiritualidad es el paso previo para trascender al conocimiento celestial de Jesucristo. Por cierto, más que una importancia eclesiástica o religiosa, la espiritualidad es seguir y servir a Jesucristo como el camino para la salvación y vida eterna. Es demostrar con acciones la fidelidad de auténtico o genuino discípulo de Jesucristo, en relación con su ejemplo, mensaje y modelo de vida. La palabra de Dios dice acerca de Jesucristo:
“Y llamando á la gente con sus discípulos, les dijo: Cualquiera que quisiere venir en pos de mí, niéguese á sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque el que quisiere salvar su vida, la perderá; y el que perdiere su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si granjeare todo el mundo, y pierde su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adulterina y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará también de él, cuando vendrá en la gloria de su Padre con los santos ángeles” (Marcos 8.34 al 38 – RVR1909).
En relación con la constitución del ser humano, en su composición corporal, propiedades eléctricas, físicas y magnéticas, se contienen elementos esenciales compuestos por los átomos y las moléculas, para los procesamientos químicos del organismo natural, y con fuerzas de enlace químico y de atracción. Semejante a los procesos en lo corporal, así sucede en lo espiritual, a través del ejemplo y la práctica, se irradia y propaga un efecto que influencia en la conducta y comportamiento de otros, también mediante el estímulo y la reacción de la inteligencia emocional y social, además de la impresión anímica o psíquica determinada por los sentimientos. La integración de la persona abarca los aspectos anatómicos, biológicos y psicológicos, que inclusive en algunos casos se podría presentar una alteración y patología anatómica, por causa de las acciones y reacciones de las emociones y sentimientos. Por consiguiente, puede resultar en una alteración psicológica, por la condición, comportamiento y estado de la conciencia. Por esta razón, según la gravedad y deficiencia orgánica, a nivel de psiquiatría se ayuda con tratamientos químicos de los medicamentos.
Esto significa que hay una complementariedad, integración y relación entre lo corporal y lo espiritual, o sea, entre el cuerpo, conducta y comportamiento. El alma humana es la persona con vida, que se compone del cuerpo y espíritu de vida, en otras palabras de cuerpo con las funciones de la respiración y de la mente. Pero la espiritualidad viene a ser la forma de conducirse y comportarse, con la dirección y guía de Dios, para cumplir su obediencia sin duda ni indecisión: “Así ha dicho Jehová, Redentor tuyo, el Santo de Israel: Yo Jehová Dios tuyo, que te enseña provechosamente, que te encamina por el camino que andas” (Isaías 48.17 – RVR1909).
Otra analogía o relación de semejanza entre lo corporal y lo espiritual, atañe a la capacidad o cualidad de cambio. Por ejemplo, el metabolismo del conjunto de reacciones bioquímicas y procesos fisicoquímicos a nivel celular y en el organismo en general, presentan la posibilidad de cambiar químicamente la esencia o naturaleza de ciertas sustancias, con procesos acoplados que utilizan la energía. En el caso de lo espiritual se requiere para el cambio de la persona, los procesos interrelacionados de arrepentimiento, conversión y resarcimiento, mediante las acciones de consagración y santificación. Esto contribuye a contrarrestar o al menos mitigar moralmente, el orgullo y la soberbia, resultado de la duda e indecisión al obedecer a Dios. Lo cual se arrastra genéticamente por generaciones en la memoria energética heredada desde Adán y Eva, nuestro origen en la especie humana: “Y llamó el hombre el nombre de su mujer, Eva; por cuanto ella era madre de todos los vivientes” (Génesis 3.20 – RVR1909).
Este es nuestro origen o principio como linaje humano o conjunto de todos los descendientes de Adán y Eva: “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay,… pues él da a todos vida, y respiración, y todas las cosas; Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra…” (Hechos 17.24 al 26 – RVR1909). La pregunta es: ¿fueron creados Adán y Eva con la patología de la duda e indecisión connatural (congénita) al obedecer a Dios? Para encontrar una respuesta se necesita analizar el antes y el después de Adán y Eva. Antes fueron creados a imagen de Dios: “Y crió Dios al hombre á su imagen, á imagen de Dios los crió; varón y hembra los crió” (Génesis 1.27; 9.6 – RVR1909). Posteriormente en la genética se transmiten los genes encargados del envejecimiento, entonces los descendientes de Adán pasan a ser a su imagen mortal, en lugar de la imagen eterna de Dios: “Y vivió Adam ciento y treinta años, y engendró un hijo á su semejanza, conforme á su imagen, y llamó su nombre Seth” (Génesis 5.3 – RVR1909). El resto de la creación sufre también el envejecimiento:
“Dije: Dios mío, no me cortes en el medio de mis días: Por generación de generaciones son tus años. Tú fundaste la tierra antiguamente, Y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, y tú permanecerás; Y todos ellos como un vestido se envejecerán; Como una ropa de vestir los mudarás, y serán mudados: Mas tú eres el mismo, Y tus años no se acabarán. Los hijos de tus siervos habitarán, Y su simiente será afirmada delante de ti” (Salmos 102. 24 al 28 – RVR1909).
La imagen de Dios es su eternidad y se hace una referencia a su semejanza: “Y dijo Dios: Hagamos al hombre á nuestra imagen, conforme á nuestra semejanza;” (Génesis 1.26 – RVR1909). La alusión a la semejanza se refiere a la santidad porque Dios es Santo: “Como hijos obedientes, no conformándoos con los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; Sino como aquel que os ha llamado es santo, sed también vosotros santos en toda conversación: Porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1.14 al 16 – RVR1909). La ignorancia de la voluntad de Dios es duda e indecisión a su obediencia. En el caso de Adán y Eva dejaron de ser libres y perfectos de la culpa, o sea, cometen voluntariamente la desobediencia ante Dios, por causa de esta duda e indecisión de obedecer. La aquiescencia es el consentimiento y conformidad sufrido entre Adán y Eva, antes de comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, se relajan y tranquilos desafían la voluntad de Dios, alegando que la fidelidad y obediencia a Dios es una decisión personal, sin importar las consecuencias, en lugar de tener una firme decisión de obedecer a Dios sin ningún tipo de duda. Por ejemplo, Jesucristo dijo: “Mas yo os digo, que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5.28 – RVR1909).
Así fue el caso de Adán y Eva, el comer del fruto fue cuestión de tiempo, la disposición ya estaba en la mente y voluntad, nuevamente reiteramos, el corazón representa la manifestación de sus emociones y sentimientos generados por sus pensamientos e intenciones: “Y vió la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable á los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también á su marido, el cual comió así como ella” (Génesis 3.6 – RVR1909). Adán y Eva pierden la virtud especial de estar y ser dedicados a Dios, porque toman su propio camino sin santidad, ejercen su derecho al libre albedrío, y se apartan de los deberes y obligaciones de la relación con Dios. Su castigo es transmitir genéticamente los genes del envejecimiento, debido a la mortalidad, pero con las aspiraciones de su dependencia a Dios para llegar a recibir vida eterna, mediante la santificación de la espiritualidad a través de Jesucristo: “Bendito el Dios y Padre del Señor nuestro Jesucristo, el cual nos bendijo con toda bendición espiritual en lugares celestiales en Cristo: Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor;” (Efesios 1.3 al 4 – RVR1909). Para volver a restaurar la semejanza en santidad del ser humano con Dios, es requisito indispensable cumplir con la palabra de Dios: “Así que, amados, pues tenemos tales promesas, limpiémonos de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en temor de Dios” (2 Corintios 7.1 – RVR1909).
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2019.11.24 16:45 Davidemagx Un hombre corriendo, un puente y una bala redentora

Salir a correr de noche era todo lo que Joel hacía para traerse paz a la cabeza al final de cualquier jornada de mierda. Las cosas en casa no iban bien, de todas maneras, con la esposa mayormente ocupando en el tiempo en chicanearlo entre queja y queja. Trabajaba de lunes a lunes, de sol a luna, como electricista y aunque había sido difícil al comienzo, la excelencia y una ética laboral impecable le procuraron abundancia. Eso y el hecho de ser el único electricista competente de su área.
Apenas terminado el colegio y a falta de recursos para ir a la universidad comenzó a trabajar con su padre, quien fuera, como mucho, un electricista mediocre del que sin embargo aprendió un oficio. Verlo morir por una descarga eléctrica durante un accidente que se podía haber evitado por completo lo llevó a ser sumamente cuidadoso al momento de trabajar, el recuerdo del olor a carne humana chamuscada le servía como suficiente escuela para no seguir los mismos ejemplos de su padre. Los años y la práctica lo volvieron el profesional autodidacta que era ahora, siendo siempre un planificador meticuloso que sometía cada trabajo al más arduo de los controles para cubrir minuciosamente hasta el último detalle. Todo ello era también el reflejo de su persona, una caracter sereno pero constituido por el respeto, la caballerosidad, el orgullo y los buenos modales. Siempre una persona íntegra y recta que no cedía a las tentaciones del vicio, los malos hábitos o la pereza.
Conoció a Elsa, su esposa, durante un trabajo de instalación, siendo él un hombre reservado no hizo un sólo avance sobre ella, tampoco se dedicó a mirarla más de lo necesario durante los breves intercambios que tenían referidos al trabajo por realizarse. Fue ella, en cambio, quien avanzó sobre él durante una convidada matera aunque no sin toparse primero con algunas constricciones que anularon sus intenciones iniciales. Verán, producto de haber cuidado a su entonces viuda madre, una profunda y marcada contemplación de la figura femenina lo llevó a idealizarlas de tal manera que era incapaz de "ofenderlas" con piropos o incluso flores. Eventualmente cedió ante la insistencia y terminó el trabajo en casa de Elsa al mismo tiempo en que ella iniciaba los papeles de divorcio para irse con él.
Veinte años de casado más tarde, un cincuenta y medio años de edad Joel exhibía las limaduras de una relación un tanto tóxica con una Elsa que tenía de buena mujer lo que el ácido tiene de dulce, exigiendo más de lo que debía y aportando lo mínimo para hacer sustentables el matrimonio y el sustento del hogar, sofocando a un Joel que pudiera pasar por conformista o plenamente sometido si tan sólo se le ocurriera ponerse firme con ella con un "¡Te voy a dejar como dejé a mi ex marido y vas a ver que no te va a dar bola ni el loro!", palabras que aprendió a odiar en silencio cada vez que las oía. Si no fuera por aquella imagen que tenía de la mujer, por los valores con que se crió y una ciega creencia en la institución familiar, ya se habría separado. En su lugar, reemplazó descontentos con carga laboral extra y pseudo actividades que le servían para llenar espacios horarios y disminuir la presencia en lo que mentalmente definía como "La Guarida de la Harpía".
A su estado mental flagelado por la inclemente Elsa, sin embargo, lo apoyaba un cuerpo saludable y una vitalidad envidiable. Aunque algunas canas habían manchado los costados de su cabello corto a la altura de las patillas y orejas, una buena alimentación y jamás haber probado alcohol más una rutina de ejercicios que mantuvo durante 18 de sus 20 años de casado, lo acercaron más a parecerse a un bonsai milenario arraigado en lo alto de una montaña que la simple expresión de saludable en todo sentido. El cuerpo marcado y fornido junto a la piel ligeramente tostada por la exposición al sol de algunos laburos la intemperie le ganaron el aspecto de la madera tallada que solo se acentuaba con el miel de unos ojos de mirada profunda. Cada noche a las diez en punto, siempre un hombre de disciplina, justo cuando la harpía comenzaba a batir las plumas con tempestad de frente, se calzaba sus zapatillas deportivas, pantalón de jogging y remera, reproductor de música en celular y auriculares a todo volúmen para acallar las voces que intentaban desviarlo de su camino justo y la bondad al homicidio y la desgracia. Nada que un poco de death metal no pudieran aplacar al cabo de unos kilómetros de corrida.
La trayectoria era siempre la misma, salir de casa por el frente caminar hasta la esquina, de allí doblar a la izquierda y arrancar con trote hasta la avenida a unas ocho cuadras de distancia, seguirla hasta el enganche con la ruta y desde allí hasta las afueras de la ciudad hasta atravesar el puente que salía de los límites del pueblo y de regreso.
Mientras corría masticaba la lengua ansiosa de haberla contenido ante la inclemencia de la harpía durante los actos de rapiña sobre su compostura similar a una falange, aunque 20 años de ello habían penetrado unos cuantos escudos dentro. No lo suficiente para desbandarla, si lo justo para hacer mella. Aguantaba, con algo de resentimiento.
A medida que la corrida lo llevaba más y más lejos de la ciudad, los pensamientos se volvían más violentos. Pasaban del repaso de los eventos al llegar a la avenida, a las hipotéticas devoluciones que habrían desbarrancado los argumentos de la hostigadora tan pronto pisaba la ruta. Sobre el tramo final, cuando la violencia se había hecho manifiesta en toda la complexión de su rostro, la contemplación del asesinato de formas que eran la epítome del sadismo. Porque prenderle fuego las piernas mientras le arrancaba la lengua con una pinza calentada con soplete, a la vez que la pinchaba con un destornillador en el abdomen como pensaba con odio palpable cien metros antes del llegar a la toma del puente era quizás un arte que practicaba mentalmente más que un acto de salvajismo emocional, perdía hasta el último despojo de lo que podía considerarse un hombre civilizado.
No obstante la creciente agresividad durante el trayecto encontraba su fin al atravesar el ya mencionado puente. Para cuando el cansancio y el oxígeno le hubieron purgado hasta el último demonio e intención asesina, se veía de pie al otro lado. Transpirado, renovado. Así volvía la civilización a sus orígenes, su proceso de limpieza y purificación lo retornaban a un estado completamente sereno. Funcionaba. Al menos hasta esa noche...
La harpía había estado callada durante la tarde, sospechosamente silenciosa; ningún mensaje intenso mientras estuviera él trabajando, ningún insulto, ningún reclamo injustificado. Pensó sería un día excepcional y se convenció de ello, creyendo llegar ese día a casa y encontrarla con el rostro caído y un "Perdón" entre los labios para recibirlo. De buena gana e intención pasó por la florería y ordenó el más costoso buqué, atado con un listón rosa como fuera el color favorito de Elsa y se dirigió a casa con media sonrisa escondida tras la comisura de los labios. Optimista.
Estacionó la camioneta en la entrada y de antemano escondió el ramo de flores tras la espalda ante la chance de que su esposa lo viera por la ventana. Lento pero a paso firme llevó sus expectativas hasta la puerta y entró para encontrar a la amada no donde siempre estaba a esa hora del día, sentada en el sofá, mirando la novela. La escuchó cantar en la pieza, escaleras arriba, y se dirigió hasta ahí. Sólo que al acercarse cada vez más, escalón a escalón, el canto no era tal. Era una vocalización que jamás la había escuchado hacer, una forma de sonido que desconocía. Había movimiento en su voz también y golpes de respaldo de cama contra la pared, para que cerrara las cuentas. Silente como una sombra, abrió la puerta de la habitación para encontrar a la harpía tumbada de espaldas al tiempo que entre gemidos profería "¡Cogeme como ese inútil no sabe!". Ninguno de los dos se percató de su presencia, sumidos en el éxtasis de la lujuria, ni la harpía ni su vecino... En silencio para no molestarlos descendió y se dirigió al lavadero, donde sacó de entre la ropa sucia una remera, un joggin, se puso las zapatillas y descartó el buqué en el canasto de la ropa sucia. Los auriculares no pudo buscarlos, estaban en la habitación donde los amantes seguían su acto en completa ignorancia de la tercera presencia. Como remate a la humillación se habían vuelto verbalmente ruidosos. "¡Me vas a hacer acabar..." otras palabras que jamás la había escuchado decir, "...otra vez!".
Sin auriculares no tuvo como apagar aquel ruido. Fue por eso que se detuvo unos pasos antes de completar la carrera atravesando por completo el puente, una moto cruzó a toda velocidad junto a él. Necesitaba cerrar esto de otra manera y éste sería el día en el que daría vuelta la mesa. No le importaba ir a la cárcel mientras tuviese su merecida retribución. Se dio vuelta, sintió el impacto seco de un objeto a toda velocidad en el centro de su frente, arrastrando toda la ira asesina desde la corteza a la raíz a medida que entraba y viajaba por su cerebro para salir con violencia por la nuca, abriéndole la cabeza en una explosión que esparció los restos de su masa encefálica en línea recta, hasta hacerlo involuntariamente completar su trayectoria habitual. Quedó tendido de espaldas sobre el puente su cuerpo y al otro lado toda su mente. Jode un poco que su último pensamiento haya sido "arrancarle a mordidas la verga a ese negro hijo de puta"...

"Y es por eso que no deben vestir ropa negra cuando salen a correr de noche..." dijo el policía en la presentación escolar a una audiencia de niños de 4to grado.

Fin.
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2018.11.16 19:02 artate Juergas Anarquistas - Luis Bonafoux Quinteros (1894)

Los anarquistas «reciben» o tienen sus soirees los domingos. Estas explosiones de los grandes pirotécnicos ocurren generalmente en el local de una taberna de la calle de la Gaité; local espacioso, pero húmedo y sombrío. El vaho que exhalan las bazofias, el humo pestífero de las pipas, y las blasfemias que cruzan la sala, forman una atmósfera bochornosa y malsana.
Bajé algunos escalones y me interné en la cueva.
-¿Es usted un triqueur? -me preguntó una especie de portero.
-¿Viene usted a discutir?
-No discuto nunca; vengo a oír, ver y callar. Soy un periodista extranjero; el representante de EL LIBERAL en París.
Entré. Paseábanse a lo largo del salón unos señores con gabanes y sombreros de copa. Estos musiús -pensé yo- serán los llamados triqueur, los que vienen a discutir con los energúmenos; son, pues, unos musiús bien pendejos. Nada de eso. Aquellos señores enchisterados eran los mismísimos anarquistas. Yo, que había ido de americana y hongo, no pude menos de exclamar:
¡Diablo! ¡Si parezco más anarquista que ellos!
-¿Es usted un compagnon? -me preguntó uno.
-No, señor. No tengo compañeros en ninguna parte.
-Entonces será usted un solitario…
-Ni tampoco solitaria. Soy un tipo. No vengo de anarquista, ni de triqueur; vengo porque me da la gana, puesto que esta es la casa de la anarquía.
-Pero usted, ¿quién es?
-Ya lo he dicho al entrar; un periodista de Madrid.
-¡Hein! También allá hay buenos compagnons, partidarios de la propaganda por los hechos. Monsieur Errrrnesto Alvarés…
-¡Calle usted! Ernesto Álvarez es incapaz de bombardear una mosca. Las marmitas se usan allí para cocer el puchero, o para hacer un bacalao a la vizcaína. ¿Compagnons? Búsquenlos ustedes en otra parte.
-¡Oh!… aquí nos sobran, y de buena calidad. Vea usted: un Kropotkine, príncipe; un Reclus, sabio; un Morés, marqués; una Uzés, duquesa. La vizcondesa de Tredern lleva a sus salones la flor y nata del anarquismo. En sus perfumadas tarjetas no falta jamás este aviso: «Habrá anarquistas», ni esta nota: «Se bailará a la dinamita». Pasó una hora, luego otra. Los anarquistas seguían, a lo largo de la sala, fumando en pipa.
-¡Valientes triqueurs! -exclamó un señor.- Se les invita a discutir, y no viene ninguno… ¡de miedo! Me fijé un poco en aquel señor, que gastaba ropa negra.
-¿No le conoce usted? Es el padre de Anastay; un gran anarquista.
Me pareció un loco; un señor que no es ciertamente anarquista, ni tiene tipo de eso, a quien obligara un dolor insensato a echarse en un abismo. La sala quedose poco a poco a obscuras; el humo de las pipas se espesaba; la atmósfera olía a chamusquina, y de repente, sin decir palabra, los manifestantes se dispersaron uno a uno.
Al salir me dijo el portero:
-No ha podido efectuarse la sesión proyectada para justificar el suceso de la calle Bons Enfants. Los burgueses no han venido… Y usted, ¿dónde vive?
-Ahí, en la tarjeta, lo verá usted.
Leyó. Y luego:
-Ande usted con ojo. En el número 34 de esa calle, casi en frente de la casa de usted, vive un magistrado que está muy comprometido, porque ha hecho mucho daño a los anarquistas. Toda la casa está cerrada. Dos guardias la vigilan día y noche.
-No me había fijado.
-Pues fíjese usted, y múdese… por si acaso…
-Gracias.
Para bromitas -ya que hay quienes se entretienen en poner bombas inofensivas de diversos colores y, lo que es peor, de olores que no son de ámbar,- para bromitas, la que le han gastado al anarquista Paint. Salió de la sauterie familiale, o como si dijéramos, de la voladura casera, dando vivas a la marmita y cantando el famoso Dynamitons! Dynamitons! Ton lon ton taine ton ton! Dynamitons! Dynamitons Ton ton ton ton! y se detuvo en una esquina de la calle Flandre para leer mejor el título del pasquín distribuido en la sauterie, el cual título es, o está
DEDICADO A LAS TRES VAGAS ROTSCHILD, CARNOT, LEÓN XIII ¡A MUERTE! cuando acertó el buen Paint a ver el desfile de un entierro, y… ¡ton ton ton! se descubrió respetuosamente al pasar el cadáver en un carro con una espléndida corona que tenía este letrero:
¡¡¡A MI MARIDO!!! Detrás del féretro, la viuda llorando a lágrima viva. ¡Pobre mujer! exclamó Paint y… ¡dynamitons! ¡dynamitons! se fijó en ella. Pero de pronto rugió como Satán.
-¡Vive Dios, si es mi mujer! La indina entierra a su marido: luego yo estoy muerto…
Paint interrumpe la ceremonia, detiene a la viuda y la interpela a gritos: -Oye tú, Nicolasa: ¿me he muerto yo, por casualidad? Intervienen los guardias, suplican los amigos, se restablece el orden; sigue el muerto con su corona de marido y con su viuda llorosa, y el anarquista Paint se marcha cantando bajito: ¡Dynamitons! ¡Dynamitons!
Porque no tenía derecho a otra cosa. La viudita era, o es, su mujer; pero le dejó, hace años, por el muerto -que entonces coleaba;- y como Paint se conformó con su suerte…
¡Ton ton ton!
Los Paints de Berlín tampoco lo han hecho mal. La sauterie fue a lo grande, en los salones de la Cocordia adornados con tupidas alfombras, alumbrados con luces eléctricas que destacaban el oro de las molduras y los lienzos de las paredes. Cuatrocientos cincuenta anarquistas casados llevaron bondadosamente a sus respectivas esposas. El grito general de los anarquistas solteros tenía por fuerza que ser: ¡Vivan las marmitas!… Se teorizó un poco; se discutió otro poco; y en seguida a bailar la Carmañola como se baila en el Soudan…
Las esposas gritaban:
¡Vivan los cartuchos!
Los anarquistas solteros:
¡Olé las marmitas!
y de los cuatrocientos cincuenta anarquistas casados, salieron cuatrocientos cuarenta y ocho cantando bajito:
¡Ton ton ton!
Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!
¡Oh, gran poeta! Merecías vivir eternamente aunque no hubieras expresado más que el dolor de esas dos líneas.
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2018.09.18 07:25 Zetusleep5390 La leyenda de los estudios en el callejón del aguacate.

La leyenda de los estudios en el callejón del aguacate.
Los últimos señores Mexicas habían llorado ya la pérdida de las tierras que algún día los acogieron y fueron testigo de la gloria de Azcapotzalco, que por aquellos días era el señorío responsable de estos parajes del sur de la Ciudad de México.
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Don Hernán Cortes había invitado a capitanes, soldados y aliados a un enorme banquete con vino de Castilla y cochinos de Cuba. Años después, Bernal lamentaría en sus crónicas de la conquista que los lugares fueron insuficientes y por otras cosas acaecidas aquella noche, hubiese preferido que nunca se llevara a cabo. La más macabra de las cosas acaecidas es el origen de esta historia. La noche fue agridulce, estuvo manchada por la sangre aunque no tuvo lugar batalla alguna. Las crónicas y la historia se han esforzado por borrar los terribles hechos que en aquella noche larga de Coyoacán costaría la vida de dos inocentes. No sólo las quejas por el espacio ahogaron la noche gloriosa de Cortés. Pasadas las 11 de la noche todas las antorchas se extinguieron, como por acto de magia la penumbra abrazó el patio del real de Cortés, el embrujo lo rompió el llanto desesperado de uno de los niños que jugaba en los pasillos, ese llanto centró la atención de todos los presentes que corrieron a avivar las antorchas y velas para restablecer la iluminación de aquel lugar. Los perros que habían acompañado a Cortés, tesoro preciado del conquistador, ladraron con violencia estridente que heló la sangre de todos los asistentes. Dos espadas de madera fueron halladas en el suelo, ante la mirada atónita y desesperada del resto de pequeñines que no atinaban a decir nada más que: “Julian y Rodolfo, ¡la noche se los ha tragado!”.
Entre llantos y confusión una puerta se cerró, como señalando el punto de escape de esa oscuridad que se había tragado a los pequeños.
Dos soldados liberaron a los perros, los canes corrieron velozmente por la puerta que señalaba el punto de escape -en todo momento ladrando con violencia y autoridad, como si sus ladridos fueran a detener al mal que ya todos buscaban-. Una comitiva liderada por Don Rodolfo De Escalante salió acompañando a los canes para apresar al responsable y dar con el paradero de los dos hijos varones del capitán español. Corrieron todos por caminos rurales y parcialmente empedrados, en espera de los caballos, carruajes y coches que algún día transitarían esas calles (algunas de las cuales al día de hoy siguen manteniendo tan rudimentario camino) como lo son los palacios y casonas españolas de estilo colonial que por aquellos días no eran sino cimientos, hoy testigos de la historia de México que nacía con la Nueva España tras la muerte de Tenochtitlán.
Finalmente, uno de los perros tomó camino por lo que hoy en día sería el final de la calle Francisco Sosa, donde la calle se convierte en la Cerrada Francisco Sosa; lugar en el que hoy se levanta un muro de piedra que en una esquina guarda un antiguo altar a la virgen del Rosario, sobre el que se elevan las ramas de un árbol de aguacate. Aquel perro paró y comenzó a ladrar en la penumbra con desesperación. La comitiva apresuró el paso y todos como una marcha coordinada pararon súbitamente ante una escena francamente dantesca. El perro que los había guiado tenia las orejas gachas, no dando crédito el animal a lo que sus ojos veían: eran las piernas y brazos del pequeño Julian De Escalante. El perro se lanzó contra un ente que estaba parado en la penumbra, desapareció para no ser visto más.
La pierna derecha del pequeño, cubierta en sangre, antecedía en fila a la pierna izquierda que a su vez estaba antes del brazo derecho y luego el izquierdo; donde la pequeña mano del inocente terminaba señalando hacia adelante en dirección a aquel ente de espaldas anchas y tamaño descomunal. El ruido que salía de aquella bestia era el de un coyote hambriento devorando a su presa. En sus anchas espaldas el torso y rostro de dolor del pequeño Julian que aún agonizaba, al borde de perder la consciencia el niño lloraba con desesperación y a los pocos segundos de que los soldados llegaron a su encuentro el pequeño perdió la conciencia. Un grito rompió el hechizo: “dadme la cara, ¡hideputa!” gritó un arcabucero de la comitiva, quien al mismo tiempo descargó en contra de la criatura. Aquel ente volteó despacio, entre sus brazos el cuerpo del pequeño Rodolfo De Escalante, de quien quedaba todo menos las vísceras que devoraba aquella criatura infernal. Los ojos de aquel ente eran de un rojo tan ardiente como las brazas que cocinaron los cochinos que ahora vomitaban todos los presentes a tan grotesco espectáculo. Varios de los soldados que componían la comitiva no pudieron contener las lágrimas y la desesperación, quedaron desarmados ante la barbarie que atestiguaban pues no hubo horror en las guerras que muchos ya habían vivido que se equiparara a lo que estaban presenciando. El cuenco que contenía las vísceras del niño le servían de plato ceremonial para beber la sangre del pequeño, a quien tomó entre sus brazos y alzó dejándolo suspendido para drenar todo su líquido vital.
El arcabucero entre llantos cargó nuevamente el arcabuz y arremetió contra la bestia. No pareció dañarla en absoluto. La reacción que aquella afrenta suscitó fue que el cuerpo del pequeño Rodolfo terminó recargado en una de las rodillas de la monstruosa aparición que arrancó de su espalda el torso de Julian y mordió su cuello para drenarlo también, el sonido de aquello era espantoso y toda vez que hubo bebido la última gota de sangre tomó de la cabeza los restos del niño, con violencia sin más lanzó el tronco del infante en dirección a la comitiva que inmóvil e impotente no daba crédito a lo que estaba viviendo, fue tal la fuerza con la que realizó el lanzamiento que la cabeza se desprendió del torso y quedó en la mano de ese monstruo. Así fue que abrió la boca de la cabeza, desprendió la quijada y lanzó a la oscuridad el resto de la pequeña cabeza. Dicha mandíbula sirvió entonces como un cuchillo ceremonial, la bestia tomó el hueso que había obtenido de Julian y rompiendo el esternón del pequeño Rodolfo accedió a su corazón, lo sacó. Lo sostuvo en sus manos y lo elevó como ofrenda a los dioses de esas tierras, ante todos los presentes de un sólo bocado devoró ese órgano. Del cielo cayó un rayo, como dictando sentencia de aquel rito se escuchó el aullido de un coyote proveniente de esa fiera, el suelo se abrió y el ente lanzó una bocanada de sangre hacia el cielo y desapareció al sonido de un extraño vocablo náhuatl que retumbó en los oídos de todos los presentes: NETZONCUILIZTETLATZACUILTILIZTLI (un aliado luego lo tradujo para todos, la venganza se ha consumado). Aquella sangre bañó una pequeña planta recién sembrada en la esquina de la muralla que limitaba los terrenos que pertenecían a Don Rodolfo De Escalante.
Don Rodolfo yacía en el piso, con el gesto de quien ha sido absolutamente derrotado. El peor castigo aún estaba por llegar. Su esposa Aura había sido avisado por alguien de la comitiva de lo ocurrido y a toda velocidad puso marcha por la noche, su hermoso vestido de gala no fue obstáculo para la desconsolada carrera de una madre que no quería dar veracidad a lo contado… hasta que llegó y se encontró con la horrible escena. El llanto desconsolado de la madre fue tal que los testigos se persignaron y llorando se esfumaron dejando en la absoluta soledad a la pareja. La madre tomaba las manos del pequeño Julian, acariciaba el rostro de Rodolfo, su llanto era incesante y su dolor no tenía parangón. Los días con sus noches que siguieron a tal atrocidad fueron para la mujer, agonía e infierno en vida. Los días los pasaba Doña Aura de rodillas en aquella discreta planta, que algún día sería un árbol de aguacate, lamentando sin parar la irremediable perdida de sus dos hijos. Por las noches dos esclavos tenían que salir por ella para cargarla al interior de la casa cuyas ventanas eran el vitral de aquel dolor indescriptible que consumió a Doña Aura. Las únicas palabras que salían de su boca era un doloroso testimonio de su pérdida: “¡mis hijos!”, constante recordatorio que avivó el odio y la locura en el corazón de Don Rodolfo. La falta de comida y el sufrimiento de la pobre madre la consumió a penas seis meses después. A un costado del aún tierno aguacate, Doña Aura pidió ser enterrada para estar con sus pequeños para toda la eternidad. Los restos mortales de los pequeños también fueron trasladados a ese lugar por instrucción de Don Rodolfo. La barda de piedra aún no terminada ganaba altura y la casa de los De Escalante iba tomando forma, cuya ala principal hoy permanece en aquel sitio, sitio desde donde hoy se cuentan las macabras historias que habitan en las oscuras horas de la noches. Las historias para no dormir.
Terrorífica historia es la de Don Rodolfo y los De Escalante en la Nueva España. Rodolfo y Juan De Escalante fueron dos hermanos provenientes de Toledo que se habían unido a la expedición de Cortés con el afán de llevar el negocio de su familia a las Indias. La familia De Escalante poseía una forje de armas que en buena parte fueron responsables de la muerte de miles de habitantes de las tierras que conquistaron los españoles. Los hermanos escalaron rápidamente entre los soldados de Cortés por su fiereza e inclemencia contra los conquistados. Los hermanos escribían cartas de jubilo y esperanza de expansión para la herrería, por supuesto que dejaban fuera los temibles detalles de sus proezas militares en Cuba, las Antillas, La Villa Rica de la Veracruz y Tenochtitlán. Fue Tenochtitlán el inicio de una serie de desgracias para los hermanos, serie que no culminó hasta extinguirse la vida de Don Rodolfo… quizás.
América tenía preparado un reclamo de sangre insaciable para los De Escalante, el primero en pagar ese peaje fue Don Juan, a quien Cortés había encomendado la conquista definitiva del Señorío de Azcapotzalco. Precisamente fue en Coyoacán donde los soldados que comandaba cayeron en manos de fieros guerreros águila que no tuvieron piedad sino de Don Juan, a quien presentaron ante el señor Cuahupopoca quien ordenó su inmediata decapitación y ofrecimiento ceremonial. El cuerpo de Don Juan nunca fue hallado, los totonacos que habían acompañado a los españoles en aquella empresa dieron parte de la crueldad que sufrieron los capturados a Cortés, quien vio en este suceso el pretexto perfecto para ordenar el sitio definitivo de Tenochtitlán y la toma definitiva de los Señoríos aledaños. Don Rodolfo De Escalante pidió a Cortés dirigir personalmente al bergantín que desembarcaría para la carga contra Iztapalapa y Coyoacán. Don Rodolfo sometió con brutal crueldad esas tierras que no tuvieron otra opción que pasar al bando de los conquistadores para culminar la toma definitiva de la gran Tenochtitlán. Aquella fue la primer venganza que Don Rodolfo juró en América, no sería la última.
Desolado tras la muerte de sus dos varones y su señora, Don Rodolfo envió a la pequeña Carmen de vuelta a España para ser cuidada por su hermana Doña Julia De Escalante viuda De Torrecillas. Don Rodolfo permaneció en la Nueva España supervisando la construcción de su fortaleza que habría de servir de casa, encomendó construir montado en la pared un altar a la virgen del Rosario, altar que aún permanece en la esquina que inicia el callejón del aguacate y cuya virgen en algunas noches, muchos cuentan, llora sangre.
Don Rodolfo montó guardia por las noches, desde que terminó la novena en honor a sus pequeños hasta el día de su muerte. En la esquina donde encomendó su altar, Don Rodolfo pasaba las noches rezando, entre los habitantes indigenas de esas tierras surgió la advertencia de no cruzar esa esquina al caer la noche pues aquellos que osaban poner un píe en aquella propiedad no volvían a ser vistos jamás. Durante el restante de la longeva vida de Don Rodolfo desaparecieron 46 niños y 20 jóvenes que se esfumaron por completo de esas tierras, hasta el día de su muerte, cuando sus criados dieron cuenta de los horrores que aquellas pobres almas sufrieron. Las osamentas fueron mortero para fortalecer la pared, dentro de la casa los gritos de auxilio eran ignorados mientras en su estudio de los horrores Don Rodolfo extraía la sangre abdominal para consumirla, mientras que la carne forraba sillas y mobiliario del estudio y los huesos se los daba a sus perros como juguetes o premios. Los sesenta y seis muertos, como toda la población indígena de esas tierras era para Don Rodolfo de Escalante el rostro del enemigo responsable de su dolor y tragedia.
Para 1537 el muro y la casa estaban terminados, un Rodolfo con aspecto de ermitaño prohibía a sus esclavos y criados hablar de lo que acontecía durante los días, sólo permitía que salieran a los jardines a regar con un balde que él les daba el aguacate que empezaba a formarse en árbol en la esquina de la propiedad.
Cuarenta años después de aquella fatídica noche de septiembre, noche en que Don Rodolfo lo perdió todo, un estruendo demoniaco llegó hasta la casa de Don Rodolfo, los criados y esclavos dicen que el diablo mismo le visitó para reclamar su alma. En la madrugada de aquel día Don Rodolfo echó a reír en la esquina de su casa, sentado como un niño contemplando su aguacate estremeciendo a todos los que le escuchaban, con una daga que había traído consigo de Toledo puso fin a su vida. La lectura de su testamento dejó en propiedad toda su Hacienda a su hija Carmen De Escalante de Rodriguez, quien decidió limpiar un poco su conciencia transformado aquella casa en una residencia para enfermos que formó parte de la herencia de los De Escalante en México hasta la década de los ochentas.
La casona de los De Escalante vio pasar por sus cuartos a miles de heridos y enfermos que padecieron en aquel lugar. Siglos de dolor abrazan la casa que hoy es hogar de nuestros estudios. El pasar del tiempo se ha encargado de hacer crecer la leyenda de este sombrío lugar.
Muchos años después de los sucesos que comenzaron todo un descendiente de los De Escalante decidió volver con su familia a la vieja casona de Coyoacán. Gustavo Escalante era padre de familia de Emilio, Benito e Irma, esposo de Beatriz Rodriguez. La familia vivió días felices desde el final de la primer década hasta la oscura noche del 20 de septiembre de 1929.
Don Gustavo fue un abogado de origen Español, un hombre bastante respetado por sus colegas y la sociedad en general, tenía muy buenos contactos y su familia vivía una muy buena posición en México. Sin embargo, existió un lado oscuro de Gustavo, una obscena obsesión por el ocultismo. En ocasiones desaparecía por semanas enteras para visitar brujos negros en Catemaco Veracruz. La inquietud que le robaba el sueño era la maldición que aquejaba a su familia desde que su ancestro, Don Rodolfo De Escalante, sembrara el terror en los corazones de los habitantes indigenas de esas tierras y se enemistara con sus dioses jurándoles la más fiera de las venganzas.
Fue así que un brujo le dio a Gustavo una Ouija para que contactara con su ancestro y esclareciera sus inquietudes en torno a los acontecimientos que dieron origen al sufrimiento de muchas generaciones de De Escalantes que por siglos se rehusaron a habitar en México temiendo un trágico final. Muchos siglos habían transcurrido ya y Gustavo estaba determinado a poner fin de una vez por todas al maleficio.
Aquella oscura noche del 20 de septiembre de 1929, Gustavo llegó a casa y pidió a toda su familia reunirse en el salón principal de su residencia. Sobre la mesa de su precioso comedor no había más que 4 velas negras y una tabla con letras escritas en ella. Gustavo explicó para sorpresa de todos el misterioso propósito de sus constantes viajes a Veracruz. Sus hijos por aquel entonces ya alcanzaban como mínimo la adolescencia siendo Benito el menor de ellos con 16 años. Beatriz no sabía muy bien como interpretar la extraña petición de su esposo, los hijos lo tomaron con cierta intriga y curiosidad. Cuando el padre de familia terminó la historia pidió que se apagaran las luces y se encendieran las velas para formar una suerte de circulo en torno al tablero. Todos tomados de las manos dijeron las palabras que el brujo había preparado para Gustavo. Con voz de mando y cierta esperanza dijo: Estamos aquí reunidos, generaciones de Escalantes que exigimos hablar con el alma de Don Rodolfo de Escalante, Capitán español que conquistó estas tierras y habitó hasta el día de su muerte en esta casa.
Todos los integrantes de la familia estaban tomados de las manos, expectantes a una respuesta por parte del tablero. Un frío como jamás habían experimentado los atravesó a todos, las luces que a la distancia se veían se apagaron súbitamente, un silencio sepulcral reinó en la sala… únicamente lo descompuso el sonido de los pabilos de las velas que se extinguieron una a una, como si alguien o algo estuviera soplando para apagarlas. Irma trató de soltar la mano de su padre, Gustavo le gritó: NO, NO DEBEMOS ROMPER LA CONEXIÓN. La pobre no lograba salir de su espanto pero decidió hacer caso a su padre, quien guiaba la sesión con extraña y natural destreza en el oculto asunto. De pronto el oráculo que era sostenido por Gustavo comenzó a moverse. Deletreo letra a letra su respuesta: S-A-N-G-R-E. Se miraron incrédulos todos pero ninguno quiso romper la conexión. Gustavo volvió a preguntar: Don Rodolfo ¿está usted aquí con nosotros? El oráculo nuevamente se movió deletreando la palabra: M-U-E-R-T-E. Nadie daba crédito de lo que estaba sucediendo en aquella oscura noche. Emilio, un joven de 20 años, decidió que había sido suficiente seguirle la corriente a la excentricidad de su padre y sin más soltó la mano de madre y su hermano Benito, al tiempo que dijo: “¡En verdad espera, padre, que no nos demos cuenta que no está buscando más que la manera de asustarnos! Me voy a dormir, ya tuve suficiente locura por un día”. Caminó hacia la puerta corrediza, pesada puerta de madera que dividía el salón principal del estudio de su padre, se cerró violentamente.
Beatriz la madre cayó desmayada, Emilio no podía creer lo que había visto, no había explicación alguna para que una puerta corrediza tan pesada como esa se cerrara abruptamente sin que nadie la empujara. Así fue que sin pensarlo le pidió a su hermano Benito que le ayudara a abrirla, Benito corrió rápidamente a interesarse por su madre que yacía desfallecida en el piso a un lado de la mesa.
Irma no podía parar de llorar, privada por un profundo e inenarrable horror era testigo de una de la escena más escalofriante de su vida. Ninguna leyenda de horror que conociera se comparaba ya con lo que estaba viviendo, ni siquiera las exploraciones que de niños hacían los hermanos en las noches para visitar el árbol de los susurros, pues Emilio les había contado que por la noche si se ponía mucha atención en el tronco del árbol de aguacate en el que terminaba su jardín se podían escuchar los lamentos de una mujer y unos niños, así como desgarradores gritos de horror. Ninguno de los asistentes estaba preparado para lo que tendrán lugar aquella oscura noche.
Cuando Emilio se percató de que su madre estaba tirada a un lado de la mesa corrió a ayudar a Benito, ambos le pidieron ayuda a su padre… nadie les contestó. Alzaron la cara para ver si su padre se encontraba bien, o si también había sido derribado, víctima del miedo ante una situación que comenzaba a pintar para peor. Para asombro de los hermanos, el lugar en donde ellos esperaban encontrar a su padre estaba vacío, sólo asomaba por los ventanales del comedor que daban al jardín la sombra del árbol de aguacate al final de su jardín. Gustavo había desaparecido. Sin dar mayor importancia a la desaparición del jefe de familia, los hermanos esquivaron a una horrorizada Irma que no podía salir de la conmoción. Todo mientras el tablero seguía activo y funcionando como un portal. Llevaron a la madre hasta un pequeño sillón que se encontraba en la sala principal de la casa y decidieron abrir uno de los grandes ventanales de la casa, pensando que quizá un poco de aire fresco reanimaría a la señora.
Cuando Emilio y Benito abrieron el ventanal se percataron de la figura de un hombre que estaba sentado, como contemplando el aguacate, ambos pensaron de inmediato en que su padre habría salido a tomar un respiro al jardín, sobrecogido por la emoción del momento… estaba parcialmente en lo correcto. Cuando decidieron llamarlo el hombre volteó, no vieron más que un ente completamente oscuro del que no se podían distinguir más que un par de brazas ardientes en donde deberían estar sus ojos. Sin dar crédito a lo ocurrido, continuaron su intento por reanimar a su madre. Emilio entonces le dijo a Benito que iría al botiquín por alcohol. Emilio echó a correr y atravesó sin mayor problema el umbral que antes estaba bloqueado por las pesadas puertas corredizas que separaban la sala del estudio y el resto de la casa. Benito, decidió atender al mismo tiempo a su hermana Irma; sin embargo, Irma también había desaparecido. Sorprendido por el hecho, pero sin ánimo de dejar a su madre sola, Benito empezó a llamar por su nombre a su hermana, fue entonces que escuchó carcajadas infantiles, nuevamente en el jardín. Benito estaba convencido de que su imaginación le estaba jugando una mala pasada, se llevó ambas manos al rostro para frotarse los ojos, al abrirlos nuevamente vio claramente a su padre sosteniendo a Beatriz con una mano y empuñando una daga en la otra. ¡PADRE, ¿QUÉ ESTÁ HACiENDO? Grito, e inmediatamente, Gustavo cortó de un sólo tajo la garganta de su hermana para dejarla tumbada al lado del árbol regando éste con la sangre que emanaba a borbotones del cuello de la joven. Benito no podía creer lo que estaba pasando, fue entonces que Gustavo lo miró fijamente y echó a reír.
¡Benito, muévete carajo, que mi mamá no se despierta! –gritó Emilio– súbitamente Benito salió de su asombro sin poder articular palabra alguna. Fue entonces que desde la segunda planta de la casa escucharon al padre llamándoles, este les decía que llevaran a su madre al patio para que el césped húmedo y el aire fresco la reavivara. Cuando Emilio se dispuso a seguir la instrucción de su padre Benito lo detuvo. ¡Mi papá está como loco, acaba de matar a Beatriz… cabrón, vámonos de aquí, hay que sacar a mi mamá! le dijo Benito a Emilio. Ignorando lo que su hermano le imploraba lo apartó y cargó a su madre, como quien carga un costal de papas salió por la ventana que apenas tenía una caída de 30 cm respecto al jardín y la acostó justo en el medio. Al intentar reintegrarse Gustavo apareció detrás de él, tomó al joven de la cabellera, le alzó la cara y de un sólo tajo lo degolló; con una fuerza sobre natural lo lanzó al tronco del árbol, cubriendo éste con la sangre que emanaba con potencia del cuello del joven. Benito subió a toda velocidad a su cuarto, el muchacho no podía dejar de pensar que todo era un mal sueño y tendría que despertar eventualmente. Su idea fue correr a su habitación, quizá contemplándose a sí mismo durmiendo: despertaría.
En el jardín, el cuerpo de Beatriz seguía tirado, sin conciencia alguna de lo que estaba sucediendo, fue así que Gustavo la recogió, tomándola entre sus brazos la cargó hasta la base del árbol, empuñando su daga se la enterró de forma violenta en el corazón. Inmediatamente dejó caer el cuerpo de su mujer, todavía con la daga clavada en el pecho, ya en el piso con la maestría de un cirujano (o quizá la de un carnicero) rompió la barrera torácica de la mujer, extrajo su corazón y lo contempló… mientras el cuerpo sin vida regaba con más sangre las raíces de el árbol de aguacate.
Benito presenció aquel horror desde su ventana. Buscando la salida de su pesadilla únicamente se hundió aún más en la misma. Benito sabía que la situación que vivía era límite, debía de enfrentarla para sobrevivir así fue que puso marcha a toda velocidad al jardín. Era Benito quien tenía que enfrentar a un Gustavo que aquella noche parecía más un demonio que su padre, fue así que antes de salir al jardín tomó la ouija de la mesa. Lo que había empezado todo tendría que terminarlo. A toda velocidad se lanzó en dirección a su padre para golpearlo con la tabla y así desarmarlo; sin embargo, en un reflejo ante el ataque inminente el padre clavó la daga en la tabla. La fuerza del golpe de aquella daga contra la tabla fue más la de una explosión que la de un simple pedazo de acero afilado rompiendo una tabla de madera. Un chillido horrendo se escuchó en lugar del sonido de la madera rompiéndose. Benito y Gustavo quedaron tirados en el jardín. El esfuerzo final y absoluto sería recomponerse para asestar el golpe final al oponente, cuando Benito intentó hacer lo propio, Gustavo estaba encima de él. Lo miro fijamente y le dijo: ¡Hijo, tienes que ser tú quien termine con esto, no traigas más dependencia maldita a este mundo!.
Benito intentaba quitarse a Gustavo de encima, la daga empuñada en su mano ahora tenía como base el tablero ouija… Gustavo retiró su brazo para tomar impulso y cuando todo parecía perdido para el muchacho… el padre de un sólo golpe y sin meditación se clavó el cuchillo en la sien.
El cuerpo sin vida de Gustavo escurría sangre en la cara de Benito, el joven con apenas 16 años no podía terminar de entender como toda su vida se había venido abajo en a penas minutos de una oscura y desafortunada noche de septiembre. Benito perdió la conciencia.
Debido a la posición social de la familia De Escalante y a algunos colegas del licenciado Gustavo De Escalante y Casas, los periódicos no publicaron más que una esquela recordando a “Gustavo de Escalante y Casas, padre de familia de Emilio e Irma De Escalante Rodríguez, esposo de Doña Beatriz Rodríguez Martínez, a quienes sobrevive el joven Benito De Escalante Rodríguez. Perdieron la vida durante un intento de robo a su propiedad. Qué en Paz Descansen…” el periódico daba información sobre los horarios de la novena que se ofrecería por el descanso eterno de la familia. La versión oficial de la historia fue esa. Benito único testigo y superviviente sabía que la realidad había sido otra, pero nunca hasta el día de su muerte quiso contar lo ocurrido. El relato de aquella oscura noche lo guardó en una caja junto a otra memoria oscura. La caja sólo decía: “no abran nunca esta caja de la media noche”. Clavado en ese baúl de madera estaba el arma homicida, una preciosa daga antigua con una empuñadura de fina manufactura que tenía el escudo de armas de la familia De Escalante.
El 6 de septiembre de 1986 el cuerpo del capitán del Heroico cuerpo de fucileros Benito De Escalante Rodriguez fue encontrado por su asistente doméstica en su casa en el barrio de Santa Catarina en la delegación Coyoacán, murió de causas naturales según lo indicado su certificado de defunción.
Su casa en el número 34 de la calle Francisco Sosa estuvo abandona muchos años. Las únicas visitas que recibía la propiedad eran el sin fin de curiosos y amantes de lo paranormal que se daban cita en las madrugadas para comprobar si el llanto de sangre de la virgen del Rosario, que se encontraba en un altar cubierto por las ramas y hojas de un antiguo árbol de aguacate, eran reales. O bien, si los lloros y quejas de dolor de una madre y sus hijos eran audibles entrada la media noche. O si el hombre de la capa se aparecía por aquella esquina a las 3 con 33 de la madrugada. Finalmente la delegación Coyoacán tomó posesión del inmueble y fue rentado como espacio para oficinas. En la oficina, que hoy es un estudio se encontró el baúl con la daga, donde escrita estaba la historia antes contada y una carta cerrada que decía “el niño”.
El niño 
Todas las tardes al volver del cuartel tenía la única certeza de que me encontraría al mocoso regordete jugando con sus amigos fuera de mi casa. Por años toleré que ese infeliz chamaco me imitara y me siguiera como marchando a mi lado, pidiendo tocar mi uniforme e ignorando mi atenta petición de que me dejara en paz. Pero yo nunca creí ser un asesino, odiaba a ese niño sí, pero nunca lo suficiente como para matarlo. Escribo esta confesión que espero no sea leída nunca, porque no puedo más con la culpa, pero sobre todo con la imagen maldita del escuincle regordete que me sigue a todos lados a donde voy.
El día 15 de septiembre de 1949, lo recuerdo pues volvía de la ajetreada jornada del desfile militar, toqué la puerta del número 15 de la privada Mondragón. Hasta ese lugar había seguido al condenado chamaco. Me atendió un señor, no tendría más de 40 años, con algo de sorpresa el muy maricón pensó que tenía algún problema que el ejercito iba a resolver. Le aclaré que mi visita tenía como objetivo resolver un asunto urgente. Quería saber si el niño malcriado y regordete era su vástago. Toda vez que el imbécil me confirmó que la dolencia ésa era su niño, le pedí que le ordenara que dejara de estarme fastidiando, le advertí que no quería volver a ver a su hijo y a su panda de amigos jugando cerca de mi propiedad nunca más. Tengo derecho a estar solo, a no escuchar el infernal chillido de esos mal nacidos cuando quiero retirarme a descansar. Como no podía ser de otra manera, me juró por su madre que la molestia no se repetiría, me ofreció pasar a su casa, tomar un café… nomás no me ofreció a su esposa porque no tuvo oportunidad. Le dije que lo único que quería de él era que su niño no me estuviera jodiendo y no se apareciera más por mi casa y mi calle. Se le pusieron sus ojos rojos y me extendió la mano, como si yo quisiera estrechar la mano sudada de un blandengue como ése, di la media vuelta y le dije: estás advertido, cabrón.
Antes de matarse mi padre me dio el mejor consejo de la vida: no traigas dependencia maldita a este mundo.
Ciertamente no tolero la compañía de mujeres que no sea por más de unas horas, desnudas y en la cama, como para qué carajos querría yo además a un niño.
El día 20 de septiembre de 1949, pasaban las 1800 horas cuando regresé de una caminata por el barrio. Ahí estaba ese engendro del demonio, jugando a las canicas en solitario. Le grité: “le advertí a tu padre que no quería volverte a ver aquí, mocoso”. Lleno de ira me abalancé hacía él. La cara de espanto que tenía la pequeña bestia ése era castigo suficiente. Pero aún hoy a tres años de lo que pasó no puedo entender lo que se apoderó de mí, ese día.
Todo lo que hice, si es que yo lo hice fue en calidad de espectador, cuando tomé al niño era para llevarlo de las orejas con el bueno para nada de su padre, con el afán de que le dieran una merecida chancliza, juro que esa era mi intención.
Primero le tomé de la oreja y cuando lo quise arrastrar el mocoso empezó a llorar. Ese tipo de mariconerías francamente me encabronan pero no como para tomarlo del cuello. Mis manos, las dos apretaron su cuello y cargaron al niño en la esquina de mi casa, parecía que se lo estaba entregando a la virgen, el olor de los orines de ese mocoso era penetrante, pero parecía que no me importaba que sus meados fueran a manchar mi uniforme, porque con los dos brazos lo cargué más hasta que escuché finalmente como el pescuezo le tronó. Juro que cuando volví en mí el niño estaba tirada burlándose de mí. Abrí el portón de mi casa y cuando iba a entrar a mi sala para tomarme un tequila escuché un golpe muy fuerte, era un coche que se había estampado contra el muro exterior de mi casa, abajo del coche estaba el cuerpo del mocoso ése… La cruz y la policía dijeron que el conductor tratando de esquivarlo se lo llevó y lo mató, pero yo sé que eso no fue así, como también sé que el empedrado de la calle no deja que los coches tomen mucha velocidad, no sé cómo es que el conductor de ese Cadillac también se murió.
Creo que estoy perdiendo la razón, pero también creo que la maldición de la que tanto hablaba mi padre es real. Juro por la memoria de mi madre que los acontecimientos de ese día me tuvieron como mero espectador, pero aún así no puedo quitarme de la cabeza la imagen de ese niño entre mis manos, sus ojos que se apagaron cuando le tronó el cuello. Todo lo demás que pasó ese día ya no sé si es verdad, o sólo un sueño. ¿Yo maté a ese niño? ¿Qué se apoderó de mí, llenando mi ser de tanta rabia? Ya no sé si es verdad, pero necesito limpiar mi conciencia.
Ese niño viene a joderme la existencia, todas las madrugadas a las 3 me levanto, lo quiera o no. También, lo quiera o no lo veo y lo escucho jugando con sus canicas en la esquina donde murió.

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2017.08.15 07:49 Subversivos .........Y mato porque me toca.

El relato del crimen que transportó a este país hacia las regiones mentales más frías de los asesinos anglosajones en serie comienza cuatro años antes del 30 de abril de 1994, noche en la que un estudiante de tercero de Químicas, de 22 años, y otro de tercero de B.U.P., de 17, eliminan a un hombre con 20 puñaladas porque lo exigía el guion del juego que ellos mismos inventaron.
LOS SUCESOS DE EL PAÍS ... Y mato porque me toca Los reportajes y ensayos de esta veraniega serie han sido extraídos del libro Los sucesos de EL PAÍS, publicado en 1996 como parte de la conmemoración de los 20 años del diario, lanzado el 4 de mayo de 1976. Históricas firmas del periódico, como Rosa Montero, Juan José Millás o Jesús Duva desmenuzan algunos de los crímenes que han marcado la reciente Historia de España, de la matanza de Atocha al crimen de los Marqueses de Urquijo.
Cuatro años antes de aquella madrugada, en un campo de fútbol del barrio madrileño de Chamartín, Félix Martínez, un niño de oc­tavo de E.G.B., se embelesa con los gritos desde la grada de un chaval cinco años mayor, ojos azules detrás de gafas gruesas, metro noventa sobre el nivel del suelo, moreno y desgarbado en el andar. Félix se le acerca creyendo que declama nombres de personajes del juego del rol, el invento que surgió a finales de los sesenta en Estados Uni­dos y conquistó en forma de negocio las papelerías españolas en la década de los noventa. Varias fichas, un tablero, una historia inven­tada y unos roles, interpretaciones o arquetipos que se adjudica a ca­da participante. Inteligencia, fantasía y tiempo libre para probarlas. Ordena y manda la figura del rol master.
A Félix no le gustaba ningún deporte, ni siquiera le apasionaba el cine, ni las chicas –su primera relación amorosa la tendría dos años después–, ni las motos, ni la ropa, ni los estudios. Tan sólo leer, a ser posible historias paranormales, escribir poemas y jugar al rol.
Félix se iba a llevar una sorpresa. Allí tenía un posible compañe­ro de Rol gritando aparentemente nombres de personajes. ¿A qué es­peraba para conocerlo? El chico de E.G.B. aborda por fin al miope de ojos azules y le pregunta si también sabe jugar al rol. Dos trage­dias se dieron la mano.
MÁS INFORMACIÓN ... Y mato porque me toca Todo lo publicado en El País sobre el caso 2008: Javier Rosado, el asesino del rol obtiene el tercer grádo 1999: Félix Martínez se rehabilita en un piso de estudiantes La de Félix, fácil de resumir: nunca tuvo hermanos, su padre ge­nético murió drogadicto y enfermo de sida cuando el niño cumplía un año, la madre mexicana, también drogadicta, conoció a su padre adoptivo cuando el chaval cursaba segundo de E.G.B. y se separaría cuatro años más tarde. Félix conocería entonces el cariño incondi­cional del nuevo padre y el desbarajuste colegial de todos los maes­tros por los que iba pasando, ya fueran de Madrid, Ibiza o La Rio­ja, según adjudicaran su estancia al lado de la madre o del padre. «Nunca hubo paz, eso no era una familia», confesaría el chico. La madre muere también de sida dos años antes del crimen y dos años después del encuentro con Javier en el campo de fútbol.
Félix, un carácter inseguro, nunca líder ni siquiera de sí mismo, lector empedernido, conoce en aquel campo a otro lector más empe­dernido, un fulano con una seguridad en sí mismo extraordinaria, alguien con frases del tipo «las mejores drogas están en la cabeza de uno», solitario, bien educado, taciturno y didáctico: Javier Rosado Calvo, vecino de Félix en una calle de Chamartín donde los pisos de cien metros cuadrados cuestan hasta 30 millones de pesetas de los años noventa. El del padre adoptivo de Félix, empleado en una empresa de máquinas tra­gaperras, era tan sólo alquilado.
Javier gritaba en las gradas varios nombres pero, para sorpresa del chiquillo, aquel tipo encorvado no sabía jugar al Rol. El chasco duró sólo un segundo, porque las palabras del otro llevaban un significado aún más atractivo y profundo que el del simple juego: eran nombres, pasajes, del gran novelista de literatura fantástica H. P. Lovecraft, el genio de principios de siglo cuyos relatos de tumbas, castillos temblorosos, sueños, monstruos y nieblas llegan cargados de frases tipo: «Los hombres de más amplio intelecto saben que no existe una verdadera distinción entre lo real y lo irreal; que todas las cosas aparecen tal como son tan sólo en virtud de los frágiles senti­dos físicos [...]». H. P. Lovecraft, la pasión confesa de Javier.
«Desde que conocí a Javier y me metió en su mundo», reconoció Félix en sus exploraciones psiquiátricas y psicológicas a raíz del cri­men, «todo cambió para mí, encontré otro tipo de pensamientos le­jos de los vulgares de cada día, cambió mi interior, me entregué a es­te tipo de filosofía que era apasionante, aún me sigue pareciendo apasionante, Javier se convirtió para mí en un ser extraordinario muy superior al hermano mayor que nunca tuve, me dejé arrastrar por él [...]. Al cabo de un tiempo llegué a hablar como él y a hacer gestos como él. Él hablaba mucho mejor que yo, mis ideas me las re­batía con facilidad [...]. Todo el mundo era estúpido para él, pero yo creo que yo para él no era estúpido».
Y Javier, la otra cara de la tragedia, encontró en Félix el público de banderita y trompeta que necesitaba su egolatría, el hermano pe­queño que tampoco tuvo, porque su único hermano, un año mayor, más fuerte, vencedor en las disputas físicas, apenas se trataba con Javier. Félix sería el discípulo predilecto de una filosofía alimentada con cuatro obras de Friedrich Nietzsche, Edgar Allan Poe o Stephen King mal mezcladas y otras tantas decenas seudoliterarias, peor di­geridas.
Durante una convalecencia por lesión en una pierna, Félix le lle­va un juego del rol y Javier aprende a jugar. Al poco tiempo el en­fermo crea Razas, un juego basado en el rol. La humanidad se di­vide en 39 razas o arquetipos que él ha inventariado basándose en personajes y nombres novelescos prestados por Lovecraft. Las razas, diría Javier, son ideas humanas llevadas al extremo. La raza 37 corresponde a los psicólogos, la 25 a las mujeres, la 22 al hombre, la 1 al bien y la 7 al mal. Cuando los psiquiatras le preguntan si jugaba al Rol, hay veces en que Javier llega a enojarse y dice que su juego era mucho más importante que el rol; era Su Obra, una «filosofía total» a la que había dedicado más de mil páginas y de la que espe­raba escribir un libro.
Hasta la noche del crimen, Javier pasa por un tipo normal, sin traumas perceptibles ni siquiera por su familia. Su padre, ingeniero industrial, solía jugar al ajedrez con él, su madre, enfermera, le sa­naba las heridas, y su hermano, compañero repetidor en tercero de Químicas, aseguraba que a Javier le bastaba con asistir a clase para aprobar.
Javier no era un joven de inteligencia superdotada, en eso coinci­den profesores y psiquiatras, pero disponía de la justa para creerse con mucha, para ganar un concurso de ajedrez en la cárcel y no disimular el orgullo o para impresionar a cuatro chavales del barrio menores que él. En los dos primeros cursos de Químicas consiguió seis aprobados, dos notables y un sobresaliente. Un expediente bueno, sin más.
Personalidad, conocimientos y edad suficiente, en cualquier caso, para erigirse en Master, líder de la banda del rol, que entre bromas y veras planeó matar la madrugada del 30 de abril a la primera víctima de lo que iba a ser una serie de crímenes. Los otros dos chava­les, Javier Hugo E. S. y Jacobo P., de 17 y 18 años respectivamente, fueron encausados por conspiración para el asesinato. A Jacobo le preguntó la policía por las normas de Razas y contestó que no había normas concretas como en el fútbol: «Se trata de sobrevivir en un mundo imaginario». Unas veces había que impedir la llegada a puerto de un barco, otras, era preciso destruir una ciudad y en al­gunas ocasiones se trataba de asesinar a alguna mujer que traicionó a su raza. Todo sobre la mesa.
Jacobo declaró que cuando Javier y Félix le llevaron al descampado donde habían eliminado a un hombre y se lo confesaron, él lo tomó como una fantasmada. Javier y Félix se vanagloriaban de aquello y lo equipararon al crimen de las setenta puñaladas, perpe­trado cerca de su barrio.
Empieza el juego
Un mes antes de la noche del 30 de abril, El País publicaba el hallazgo del cadáver de un hombre con unas setenta puñaladas y los ojos sacados. La noticia no causó otro efecto en los presuntos asesi­nos que el de animarles. A partir de ahora el tablero iba a adquirir la forma de toda la ciudad, con sus cuestas, sus descampados tene­brosos, sus personajes hundiéndose en la noche; las fichas serían pu­ñales y para moverlas vendría mejor usar guantes de látex que Ja­vier tomaría de sus clases de prácticas en la facultad; las reglas, sin límite.
Félix contó a los psiquiatras: "Yo creo que todo empezó a pla­nearlo [Javier] con decisión a raíz de un libro concreto de Lovecraft: Ciclo de aventuras oníricas de Randolph Carter, y en especial el capí­tulo "A través de la llave de plata", pasaje en el que un hombre se cansó del mundo y empezó a dedicarse a sus sueños hasta que al fi­nal estos sueños invadieron su propia realidad».
Carlos Moreno, la víctima del asesino del rol Javier Rosado. Carlos Moreno, la víctima del asesino del rol Javier Rosado. La realidad invadida puede ser la de un hombre casado como Carlos Moreno, con tres hijos y amigo de una viuda también con tres hijos, con la que había pasado la noche. Carlos visitaba desde hacía cinco años la casa de su amiga Modesta L., de 51 años, desde las diez hasta la una de la madrugada. Nunca pensó en separarse, ni Mo­desta se lo pidió, ni su mujer ni sus hijos, conscientes de la relación, lo obligaron. Los viernes Carlos salía más tarde de aquella casa y aquel viernes de abril salió a las tres. Si cobraba su nómina de 60.000 pesetas, montaba en taxi hasta la otra punta de la ciudad. Y si no, el búho, que es como se conoce en Madrid a la línea de autobuses nocturnos. La noche del crimen Carlos llevaba las 60.000 pe­setas en el bolsillo, pero optó por el autobús. Y en la parada encon­tró a los admiradores de Lovecraft dispuestos a soñar sus pesadillas.
El crimen perfecto exigía, según Henry, el psicópata de la pelícu­la Retrato de un asesino, un desconocimiento total de la víctima, ningún móvil, nada. Ya lo habían avanzado la novelista Patricia Highsmith y el director Alfred Hitchcock en Extraños en un tren: si un desconocido mata a mi esposa y yo a su madre, nadie ha de sos­pechar nada; en principio.
Así que ahí llegan los dos, Javier y Félix, en busca de una vícti­ma a la que nunca han visto. El escenario no podía ser más propi­cio. Un descampado de risco y pastizal, una casa desvencijada en medio de un llano, de esas que parecen existir sólo en días de vien­to, una luna de miedo y una parada de autobús, como un oasis sin nadie.
Para acercarse a los hechos valga el diario de Javier Rosado, un texto sin precedentes en la historia criminal de España:
«Salimos a la 1.30. Habíamos estado afilando cuchillos, preparán­donos los guantes y cambiándonos. Elegimos el lugar con precisión.»
«Yo memoricé el nombre de varias calles por si teníamos que sa­lir corriendo y en la huida teníamos que separarnos. Quedamos en que yo me abalanzaría por detrás mientras él [por Félix] le debilita­ba con el cuchillo de grandes dimensiones. Se suponía que yo era quien debía cortarle el cuello. Yo sería quien matara a la primera víctima. Era preferible atrapar a una mujer, joven y bonita (aunque esto último no era imprescindible pero sí saludable), a un viejo o a un niño. Llegamos al parque en que se debía cometer el crimen, no había absolutamente nadie. Sólo pasaron tres chicos, me pareció de­masiado peligroso empezar por ellos [...]. En la parada de autobús vimos a un hombre sentado. Era una víctima casi perfecta. Tenía ca­ra de idiota, apariencia feliz y unas orejas tapadas por un walkman.»
«Pero era un tío. Nos sentamos junto a él. Aquí la historia se tornó ca­si irreal. El tío comenzó a hablar con nosotros alegremente. Nos con­tó su vida. Nosotros le respondimos con paridas de andar por casa. Mi compañero me miró interrogativamente, pero yo me negué a ma­tarle.»
Félix no supo explicar después por qué Javier le perdonó la vida. Y el otro nunca lo contó.
«Llegó un búho y el tío se fue en él [...].»
«Una viejecita que salió a sacar la basura se nos escapó por un minuto, y dos parejitas de novios (¡maldita manía de acompañar a las mujeres a sus casas!).»
«Serían las cuatro y cuarto, a esa hora se abría la veda de los hombres [...]. Vi a un tío andar hacia la parada de autobuses. Era gordito y mayor, con cara de tonto. Se sentó en la parada.»
« [...] La víctima llevaba zapatos cutres y unos calcetines ridícu­los. Era gordito, rechoncho, con una cara de alucinado que apetecía golpeada, y una papeleta imaginaria que decía: "Quiero morir". Si hubiese sido a la 1.30 no le habría pasado nada, pero ¡así es la vida!»
«Nos plantamos ante él, sacamos los cuchillos. Él se asustó mirando el impresionante cuchillo de mi compañero. Mi compañero le mira­ba y de vez en cuando le sonreía (je, je, je).»
Félix alegó dos meses después ante la policía que se encontraba algo bebido y que le daba miedo desobedecer a su amigo.
«Le dijimos que le íbamos a registrar. ¿Le importa poner las ma­nos en la espalda?, le dije yo. Él dudó, pero mi compañero le cogió las manos y se las puso atrás. Yo comencé a enfadarme porque no le podía ver bien el cuello.»
«Me agaché para cachearle en una pésima actuación de chorizo vulgar. Entonces le dije que levantara la cabeza, lo hizo y le clavé el cuchillo en el cuello. Emitió un sonido estrangulado. Nos llamó hi­jos de puta. Yo vi que sólo le había abierto una brecha. Mi compañero ya había empezado a debilitarle el abdomen a puñaladas, pero ninguna era realmente importante. Yo tampoco acertaba a darle una buena puñalada en el cuello. Empezó a decir "no, no" una y otra vez. Me apartó de un empujón y empezó a correr. Yo corrí tras él y pude agarrarle. Le cogí por detrás e intenté seguir degollándole. Oí el desgarro de uno de mis guantes. Seguimos forcejeando y rodamos. "Tíralo al terraplén, hacia el parque, detrás de la parada de auto­bús. Allí podríamos matarle a gusto", dijo mi compañero. Al oír es­to, la presa se debatió con mucha más fuerza. Yo caí por el terraplén, quedé medio atontado por el golpe, pero mi compañero ya había ba­jado al terraplén y le seguía dando puñaladas. Le cogí por detrás pa­ra inmovilizarle y así mi compañero podía darle más puñaladas. Así lo hice. La presa redobló sus esfuerzos. Chilló un poquito más: "Jo­putas, no, no, no me matéis".»
«Ya comenzaba a molestarme el hecho de que ni moría ni se de­bilitaba, lo que me cabreaba bastante [...]. Mi compañero ya se ha­bía cansado de apuñalarle al azar [...].»
«Se me ocurrió una idea espantosa que jamás volveré a hacer y que saqué de la película Hellraiser. Cuando los cenobitas de la pelí­cula deseaban que alguien no gritara le metían los dedos en la boca. Gloriosa idea para ellos, pero qué pena, porque me mordió el pulgar. Cuando me mordió (tengo la cicatriz) le metí el dedo en el ojo [...].»
«Seguía vivo, sangraba por todos los sitios. Aquello no me impor­tó lo más mínimo. Es espantoso lo que tarda en morir un idiota [...].»
Carlos Moreno Fernández fue un idiota que trabajó desde los ocho años como aprendiz de relojero, un obrero que con el oficio más que aprendido se quedó en paro desde hacía nueve años y padeció de nervios hasta que su esposa lo colocó en la empresa de limpieza El Impecable Ibérico, probablemente un nombre estúpido también; Carlos Moreno Fernández fue un idiota que no consintió jamás la entrada de un fontanero, un albañil o un electricista en casa porque él solo se bastaba para arreglarlo todo, un hombre idiota que a fuer­za de trabajo había conseguido dinero para educar a sus tres hijos, que sabía cocinar y le encantaba cuidar flores, un hombre que huía de los televisivos «Quién sabe dónde», «Su media naranja» y «Códi­go Uno», porque le parecían «programas para marujas». Un hom­bre. Con sus aspiraciones a corto y largo plazo, sus pequeños y gran­des recuerdos, reducidos a un charco y un bulto entre las piedras.
«Vi una porquería blanquecina saliendo del abdomen y me dije: “Cómo me paso” [...].»
«A la luz de la luna contemplamos a nuestra primera víctima. Sonreímos y nos dimos la mano [...]»
«No salió información en los noticiarios, pero sí en la prensa, El País, concretamente. Decía que le habían dado seis puñaladas entre el cuello y el estómago (je, je, je). Decía también que era el segundo cadáver que se encontraba en la zona y que [el otro] tenía 70 puña­ladas (¡qué bestia es la gente!) [...]»
«¡Pobre hombre!, no merecía lo que le pasó. Fue una desgracia, ya que buscábamos adolescentes y no pobres obreros trabajadores. En fin, la vida es muy ruin. Calculo que hay un 30% de posibilida­des de que la policía me atrape. Si no es así, la próxima vez le toca­rá a una chica y lo haremos mucho mejor.»
Como no había nada que lamentar, sino todo lo contrario, la ha­zaña corrió de boca en boca entre la banda del rol. Así hasta que se enteró un amigo de ellos que se lo contó en confesión a un cura, des­pués al padre, y el padre lo puso en conocimiento de la policía.
Batallones de periodistas y psiquiatras comenzaron sus investiga­ciones. Nunca hasta este entonces se había dado en España un caso semejante.
Pascual Duarte, el genuino personaje de Camilo José Cela, co­menzó sus fecharías porque pensó que la perra le miraba mal. De un tiro la mató.
El ejecutivo rico, vacío y psicópata que protagoniza la novela del estadounidense Bret Easton Ellis narra con algunos años de antela­ción a Javier y con parecida frialdad su asesinato del mendigo: «Luego le corto el globo ocular... y él empieza a gritar cuando le cor­to la nariz en dos, lo que hace que la sangre me salpique un poco». El ejecutivo producto de la ficción contaba con el móvil filosófico de que los perdedores no cuentan en esta vida. El existencialista de El extranjero que inmortalizó Albert Camus en 1942 mató porque le atormentaba el calor, el resplandor insoportable del mar. A Javier y a Félix sólo les movió el juego.
Siete meses después del crimen, Félix Martínez, el compañero del autor del diario, declaró al psiquiatra José Cabreira, del Instituto Na­cional de Toxicología: «Después de leer todos los artículos de prensa que han hablado de nosotros, todo me parece basura periodística exagerada para distraer a la opinión pública de otras cosas más im­portantes. En particular se ha exagerado con el diario de Javier, en el que yo sé que lo que escribió estaba muy exagerado y fantaseado, es­cribió lo que él cree que pasó y en él es donde me inculpa. Además lo escribió muy deprisa, en dos o tres días, enseñándoselo luego a ami­gos comunes».
Javier también culpa a la prensa de su situación. Ninguno de los dos amigos ha hablado con rencor del otro. «Le llegué a idealizar», confesó Félix, «ése fue mi error y otro error, dejarme llevar demasiado». Para después añadir sin reparos: «Me dejé engañar, era cons­ciente de que me dejaba llevar, pero siempre aprendía algo».
Un monstruo
Félix sigue teniendo la impresión de que su amigo era un su­perdotado: «Javier es casi un inútil, alérgico, miope, con diarreas... Tiene de todo, incluso un estómago que es un caso único... Sin embargo en la parte mental es un monstruo... ».
Con un monstruo así era imposible que la policía los descubriese.
La banda confiaba en el Master, aunque no sabían que habían deja­do intactas las 60.000 pesetas en la chaqueta del idiota, con lo cual, la policía empezó a descartar el móvil del robo.
Nada más asesinarlo, Javier dedicó una ficha a Carlos con el nombre de Benito, el mismo que un profesor de Químicas. Lo dibu­jó con su bigote, con la bolsa donde guardaba su mono de trabajo, y puntuó sus cualidades: Fuerza 8, Poder 6, Carisma 4, Inteligencia 6, Tamaño 15, Voluntad 16.
Había que proseguir rellenando fichas, más cadáveres sobre la tumba del tablero, homicidios en serie, con la perseverancia de Jack el Destripador o sus secuaces anglosajones. Cuando fueron detenidos se disponían a salir de nuevo de cacería con los guantes de látex. Pe­ro a sus espaldas olvidaron una cosecha de pruebas. Restos de guan­tes en la cara del idiota, el reloj de Félix perdido en la pelea, el diario, el famoso diario en casa. Cuando la policía detuvo a Javier aún lleva­ba el dedo vendado que aseguró en el diario haberse herido al meter­lo en la boca del idiota. Se encaminaba a la casa de Félix, a veinte me­tros de la suya, con un paquete de guantes en la mano. Félix se derrotó enseguida, lo que en lenguaje policial significa ni más ni me­nos que reconoció todo. Entre sollozos declaró que el plan consistía en matar esa noche tórrida del 5 de junio a una chica y para eso los guantes. Pero Javier no se arredró ni por los agentes de la brigada de la Policía Judicial de Madrid, ni por las pruebas que le colocaban de­lante de su considerable nariz, ni por la lectura en vivo del diario.
–¡Dios mío, no puedo creer que yo haya hecho eso! Tengo la du­da de que sea verdad o ficticio.
–Si a las cuatro de la mañana –le preguntaba el policía– no esta­bas dando 20 puñaladas a un hombre, ¿qué hacías?
–Creo que estaba jugando al ordenador, no recuerdo bien. Después de los agentes llegó el batallón de psiquiatras a la cárcel.
Cada uno con sus entrevistas, con parecidas preguntas y distintas conclusiones. Si estaban locos, ningún crimen podría imputárseles; y si no, la condena sería por homicidio. Psicóticos o psicópatas, ése era el dilema.
Los psicóticos no son responsables de sus actos, los psicópatas, sí.
Los primeros se libran de cualquier condena, los segundos no. En el psicótico no existe conciencia del yo, en el otro, sí.
Los padres de Javier Rosado contrataron los servicios del profe­sor de Psiquiatría Forense de la Universidad Complutense de Ma­drid José Antonio García Andrade. El doctor se quedó extrañado de que su cliente declarase un cariño enorme por su padre, al tiempo que desconocía su edad y profesión. De la madre decía que trabaja­ba de ATS porque de vez en cuando le sanaba alguna herida.
Le confesó a García Andrade que de entre las razas, la que más le ha influido, la que más se asemeja a su persona es Cal, a quien de­finió como «un niño frágil, a veces una mujer rubia, que emana tal sufrimiento que es difícil acercarse a ella, aunque es peor cuando sonríe o tiene la cara machacada». Y aseguró: «Sin Cal yo no sería lo que soy. Con él aprendí a aprender. Lo conocí en 1988; Cal es do­lor; el bendito sufrimiento; ama los cuchillos, los objetos punzantes o cualquier cosa que pueda producir dolor, aunque lo que más le fas­cina es el dolor del alma».
De Cal aprendió Javier su simple teoría sobre la vida: «Aprender a usar el dolor es disfrutado como el placer. El dolor de los puntos de sutura que me dieron en la rodilla cuando tuve un accidente es mayor que el orgasmo con una mujer. El dolor es mejor que el pla­cer y más barato. La gente confunde al cenobita con el masoquista, pero no son lo mismo; éste disfruta siendo humillado y al someter­se, pero el cenobita disfruta al sufrir, porque con el dolor saca conocimiento. Cal dice que cometió el crimen del que se me acusa. Lo ha­ce para dañarme, para enseñarme, para causarme pena, desespera­ción, pero Cal no mata, sólo tortura».
¿Loco o actor? El 8 de octubre de 1994 le reveló a García Andra­de que el primer golpe a la víctima fue con un cuchillo pequeño de conchas naranjas. Le dio en el mentón y en la cara anterior del cue­llo y señaló el movimiento de su víctima bajando la cabeza hacia el tórax. García Andrade le hizo ver que este dato no venía en los pe­riódicos. Javier sintió miedo por primera vez, al menos, eso es lo que el forense contratado por su familia reseñó. «Estoy al borde de la lo­cura, necesito ayuda», cuenta el psiquiatra que dijo Javier, «es ver­dad, esto no venía en la prensa. Hay veces en que yo no miro, no veo, no siento, no huelo, no me fijo, no es una mente, es una máquina, tienes que hacer una cosa y la haces. Eso ocurrió».
En ese momento de la entrevista solicitó que se le sometiese al Suero de la Verdad, y se sumergió, según Andrade, en una gran an­gustia.
¿Loco o actor? Para el psiquiatra contratado por su familia, Ja­vier está loco, por tanto no se le podría imputar delito alguno. García Andrade sostiene que este chico de «inteligencia de tipo medio, con buena capacidad de abstracción y de síntesis» padece una «es­quizofrenia paranoide, además de personalidad múltiple psicótica y amnesia disociativa». Psicótico pues, sin lugar a la condena, además de esquizofrénico y con problemas de memoria.
Para el doctor, el juego no fue la causa de sus enfermedades, si­no precisamente la máscara. Dos años después del crimen, Javier se­guía jugando a Razas en la cárcel.
Pero el dictamen de García Andrade no era más, ni menos, que un estudio de parte, es decir, algo que había que contrastar necesa­riamente con otros estudios.
La titular del juzgado de instrucción número cinco de Madrid encargó otro informe a las psicólogas adscritas a la clínica médico-forense de Madrid Blanca Vázquez y Susana Esteban.
Cuando Javier les empieza a hablar de su perro Atila dice: «El pe­rro es una magnífica persona, cuando lea la prensa ya sabrá él a lo que me refiero».
Javier se declara ratón de bibliotecas, con más de 3.000 volúme­nes en su casa, y las psicólogas corroboran que el preso cuenta con cierto bagaje de cultura fantástica, pero no sabe quién es Martin Luther King, por no hablar de temas corrientes como ecología o Ter­cer Mundo, de los cuales asegura desconocer todo.
El dilema
¿Loco o actor? El informe de las psicólogas lo califica de psicópata pero... «este diagnóstico implica un trastorno de personalidad que no afecta en absoluto a su capacidad de entender y obrar [...]. El sujeto sabe lo que quiere hacer y quiere hacerlo cuando lo hace». Por tanto, susceptible de condena.
El informe de las psicólogas es bastante más duro que el del psi­quiatra contratado por la familia. Para ellas, Javier Rosado jamás se ha creído ser una de sus razas, sino que las conoce y controla a su voluntad y siempre desde una perspectiva de observador. Y conclu­yen: «Se trata de un sujeto altamente peligroso [...]. Bajo circuns­tancias favorables podría cometer cualquier crimen violento y sádi­co. Odia a la sociedad y a las personas, con las que no se siente implicado más que de forma racional. Busca activamente reconoci­miento social».
Blanca Vázquez y Susana Esteban concluyen su estudio de 21 pá­ginas el 7 de octubre de 1994. Doce días después Juan José Carras­co Gómez y Ramón Núñez Parras, especialista en psiquiatría el pri­mero y médicos forenses ambos adscritos a los juzgados de la plaza de Castilla, presentan a petición de la juez otro estudio sobre Javier de 51 páginas. Ambos análisis, el de ellas y el de ellos, se habían efectuado de forma paralela a petición de la juez y de eso se queja­rían por escrito Carrasco y Núñez al entender que «los retests practi­cados en fechas cercanas pierden fiabilidad».
Unos y otras se encierran con el preso, visitan a sus familiares, analizan sus escritos y, al emitir sus dictámenes, se contradicen. Ca­rrasco y Núñez sostienen que cualquiera de las múltiples personali­dades de Javier «pueden tomar el control absoluto de la conducta». O sea, exento de penas.
Aunque también hacen reseñar los doctores que tanto su madre como su hermano mayor no habían observado antes del crimen nin­gún comportamiento en Javier sospechoso de tratamiento psiquiátrico. Ni alteraciones de memoria, ni manifestaciones de las distintas personalidades, ni soliloquios. Siempre fue muy estudioso, introver­tido y lector infatigable. Nunca pensaron que precisase de psicólogos, aunque una vez en la cárcel comenzaron a verle con trastornos serios en sus visitas.
En una de sus entrevistas los dos psiquiatras llegan a plantearse si Javier actúa en plan estratega, porque alguna vez les había ad­vertido que durante su estancia en prisión iba a resucitar a Wul, el estratega que estaba adormecido, para defenderse así de funciona­rios, médicos y otros presos.
Tras varias horas de entrevistas con el recluso y su familia, tras consultar las más de 1.000 páginas que Javier escribió sobre su jue­go, además de bibliografía y jurisprudencia sobre personalidad múltiple en Estados Unidos, Carrasco y Núñez concluyen que sus tras­tornos no están buscados conscientemente como coartada porque sería muy difícil de simular un cuadro clínico de tanta riqueza, ex­presividad y contenidos. Resumen: enajenación mental completa. En cuanto a las posibilidades de cura, «no existe ninguna cuya indica­ción sea garantía de una evolución favorable».
Sin embargo, Javier Saavedra, el abogado de la familia de la víc­tima, asesorado por psiquiatras especialistas en casos de múltiple personalidad, sostiene que Javier es un psicópata dueño de todos sus actos. «Si hubiera encontrado junto a la víctima a un guardia civil, un psicótico habría cometido el crimen igualmente, pero Javier Ro­sado, no: él discernía el peligro. El psicótico puede ver perturbados sus sentidos afectivos, pero no es frío como el psicópata.»
Carlos Fernández Junquito, médico psiquiatra del Hospital Ge­neral Penitenciario, vio a Javier como una persona con la afectivi­dad prácticamente abolida. «Cierto día, estando presente en la en­trevista la psicóloga de la Unidad, le dijo: "Puede usted quedarse, es como el teléfono".»
Pero el psiquiatra Fernández Junquito le diagnosticó el 18 de oc­tubre de 1994, en el informe más breve de los tres elaborados, es­quizofrenia paranoide, algo que desecharon otros doctores.
Para el letrado Saavedra, Javier Rosado no sólo está exento de cualquier tipo de esquizofrenia sino que se trata de un psicópata res­ponsable y consciente de todo lo que hizo: «El lenguaje del psicópa­ta es estructurado, racional y lógico, como el de Javier; los psicópatas_ son seres racionales, muy manipuladores, engañan mucho, ambicio­nan el poder y para ello se valen del lenguaje, mientras que el psi­cótico pasa del poder. En el momento en que lo cogieron no es un psicótico, aunque después haya desarrollado una psicosis».
Javier se consideró impotente ante los psiquiatras para saber si él había cometido el crimen. Aseguró que si intentara averiguarlo se podía declarar dentro de su cabeza una guerra civil entre las razas, como la que sufrió con 17 años: «Hubo una rebelión en COU que fue la guerra de los Maras... fue cuando tuve el desengaño amoroso, mi depresión, Mara contra Fasein». Para investigar sobre aquel cri­men dijo que tendría que atravesar pasillos de su cerebro muy peli­grosos, porque hay razas que no dejan pasar a nadie por allí.
El 22 de junio de 1994 Javier salió esposado de la cárcel de Val­demoro para que lo examinara en los calabozos de la plaza de Cas­tilla un forense. En el trayecto del furgón a la cárcel, un redactor de El País le preguntó:
–Javier, ¿te arrepientes de lo que has hecho?
–Yo no he hecho nada –contestó con la cabeza gacha para eludir las fotos–, yo no he hecho nada.
Uno de los guardias civiles que lo custodiaban le levantó la cabe­za agarrándolo por la nuca y le dijo:
– ¿Que no has hecho nada, cabrón?
En la cárcel, algunos presos mucho más fornidos que él le respe­tan y le temen por el halo de inteligencia que le ha otorgado la pren­sa y sus partidas de ajedrez.
Pero su compañero Félix fue a parar a un pabellón de adultos donde los otros presos, en un alarde de originalidad, lo han bautiza­do con el alias de Niño.
Los psiquiatras Carrasco Gómez y Núñez Parra señalan que a pe­sar de todo Félix seguía admirando a Javier y se mostraba interesa­do por lo nuevo que podía estar escribiendo su amigo en prisión sobre Razas. «Ahora seguro que utiliza la raza 17, Wul, y la 18, la serpiente de lengua bífida, que intenta convencer haciendo daño a otros, implicar a otros para salvarse él mismo ... y es posible que Fa­sein pueda cortarse los dedos, Fasein es el que se automutila, que aprende con el sufrimiento, que se va cortando los dedos y va apren­diendo ... »
Félix a veces también duda de su personalidad: «No estoy seguro de haberlo hecho... pero quizás no fuera yo en ese momento... esta­ba muy identificado con Javier... me he metido en un lío... [sollozos], de una broma de matar a alguien nunca pensé que fuera a suceder lo que sucedió».
Mientras esperaban la sentencia del juez, Javier seguía jugando a sus Razas, inventando alguna de ellas basada en la persona de un policía que le interrogó, y Félix se entretenía con poemas como este que escribió antes del crimen:
Quiero romper las cadenas de la muerte
y volar por estepas infinitas
con un caballo de alas marchitas
cantando con el grito de un demente.
Pasarán estaciones pequeñitas
en el ritmo incesante de mi mente
con mi amargo recuerdo tan caliente
soñarán las mujeres más bonitas.
Mas te recuerdo y en mi memoria gritas.
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2016.05.05 22:12 r4tzt4r Tras revisar datos, tras leer análisis, ¿cuál creen que sea la posición que debemos tomar autoridades y ciudadanos ante los "feminicidios" en el país? ¿Son los asesinatos de mujeres un problema urgente en ascenso?

Todo homicidio, creo, tiene la misma magnitud, todos son igual de trágicos. Pero revisando cifras del Inegi (que pueden consultarse acá veo que, el número de hombres asesinados es mucho mucho mayor que el de mujeres asesinadas. En 2011: 24,257 hombres contra 2,693 mujeres. En 2015: 13,577 contra 1,848 mujeres.
Sé que es difícil catalogar muchas de esas muertes de mujeres como "feminicidios", pero (para exagerar) asumamos que todos lo son, aún así, ¿consideran más grave el problema?
La respuesta obvia es "deben atenderse tanto como los demás homicidios", pero quiero sacar otros puntos que destaca este análisis publicado en Animal Político:
*Las mujeres con un grado universitario tienen una mayor probabilidad de ser asesinadas que sus contrapartes masculinas
*Casi al 70% de los hombres los asesinan con un arma de fuego, mientras que entre mujeres es apenas el 40%. Respecto a hombres, a las mujeres mexicanas las ahorcan, las ahogan, las golpean, las acuchillan, o las envenenan
*Respecto al resto de mujeres asesinadas, las víctimas de feminicidio, como las definimos aquí: tienen mayor edad, menor escolaridad, están casadas o son viudas y su muerte implicó mayor contacto y crueldad
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